El verde en la historia de Sevilla: de lo privado a lo público; del patio a la Alameda

El patio era el lugar tradicional de la vegetación.

Cuando se habla del verde urbano; es decir, de la presencia de la vegetación en las ciudades, se tiende a identificar dicha presencia con el espacio público, olvidando que fue en el espacio privado donde primero se desarrolló, y donde alcanzaría, como en el caso de Sevilla, una importancia considerable.

Desde que existen referencias, la vegetación ocupó un lugar central en el ámbito doméstico, pues se ubicó en el patio, en torno al cual giraba la vida doméstica en la antigüedad y en los siglos medievales. Tanto en el peristilo de las casas romanas como luego en el patio-jardín de las casas andalusíes, la vegetación conjugaba con el agua de fuentes y estanques y con los espacios de sombra perimetrales, generados por los pórticos que los rodeaban total o parcialmente. A medida que este modelo de patio-jardín fue desapareciendo en el tránsito de la Edad Media a la Moderna se fue generalizando el jardín ubicado en la periferia del solar doméstico, del que seguirán formando parte el agua de las fuentes y estanques y las decoraciones arquitectónicas de fachadas y paramentos de grutescos o manieristas, logias, esculturas, etc. En las casas más modestas, esta función la desempeñó el corral, que funcionó también como huerto, constituyendo este otra forma de presencia del verde en la ciudad. En fin, tampoco se puede olvidar el papel de otros elementos más modestos, como las macetas, que decoraban muchos patios cuando el jardín desapareció de ellos.

En el espacio público la vegetación se introdujo en Sevilla bajo la forma de paseo arbolado a finales del siglo XVI, cuando en 1574 se inauguró la Alameda de Hércules. Constituyó una operación singular, pues, por lo que hoy se conoce, era la primera vez en Europa que una operación de esta naturaleza, para disfrute de los ciudadanos, se implantaba en un entorno urbanizado, ya que las que le precedieron lo fueron en la periferia extramuros. Se concibió como un paseo de medio kilómetro de longitud, formado por tres calles delimitadas por hileras de árboles, por las que se podía pasear incluso a caballo o en carruaje, y que se abría con una portada formada por dos columnas romanas, sobre las que se alzaron sendas esculturas de Hércules y Julio Cesar, cuyas cabezas eran los retratos de Carlos I y Felipe II. Su dotación se completó con tres fuentes. Por sus características y diseño, sirvió de referencia para otras alamedas que se fueron creando con posterioridad, tanto en España como en América.

Este fue el primer paseo con el que contó la ciudad, al que acudían los sevillanos de todas las clases sociales sobre todo en verano, mientras que en invierno lo hacían al Patín de las Damas, mirador sobre el río inaugurado hacia 1580, a la altura de la Barqueta, y completado con el del Blanquillo. A partir del siglo XVIII, se crearon nuevas alamedas, ahora en la periferia extramuros. Las más importantes fueron las que se implantaron a lo largo de los frentes occidental y meridional de la ciudad, siguiendo el curso del río, desde los citados miradores hasta Eritaña. En el siglo XIX se inició una nueva fase, cuando, de nuevo en el interior de la ciudad, las plazas comenzaron a dotarse de espacios ajardinados y de árboles.

Antonio Collantes de Terán Sánchez
Doctor en Historia
Universidad de Sevilla